domingo, 22 de enero de 2012

El Hombre de mi Pintura.


Un día caminando entre sus colores, el hombre de mi pintura sonrió sin querer, sus gruesas líneas negras se transformaron en delgadas y brillantes expresiones de entusiasmo, sus ojos brillaban y ahora, su cuadro le parecía hermoso. Todos aquellos tristes pigmentos en los que había deambulado alguna vez, se convirtieron en esperanzas de una nueva época, en cuyos olores vendría la felicidad.

 En ese momento, en donde la sonrisa  le pasó por los labios, mi hombre rozó muy delicadamente la punta de los cabellos de una anciana: plateadas hebras, inundadas de decisiones y momentos que solo sabían contar historias. A ella, la vida no la había tratado muy bien, era gruñona, mal encarada. Las arrugas habían ganado la guerra y un permanente sentimiento de amargura era el castigo por no haberse esforzado lo suficiente en el campo de batalla. Pero, ese pequeño roce, lleno de aire tibiecito (eso que llaman energía) le toco las fibras del corazón tan profundo  que terminó llorando desconsoladamente. Quizá eso era lo que había necesitado toda su vida, llorar.

Cúmulos de agua salada recorrieron su rostro y  cayeron al suelo. Como por descuido un pequeño los pisó. Él, hacia malabares con los huevos que lo habían mandado a comprar, mientras pensaba en la próxima travesura a realizar, la anterior había resultado perfecta. A la cabeza le llego esa imagen con la cara de la maestra en primer plano gruñendo en frente de todos y lanzó una sonrisa que tímidamente voló por los aires llegando hasta las pupilas de un viejo, a quien le mostró la belleza del mundo.  
Aquel viejo no tenia dientes, ni uno solo. Su sonrisa se perdió con los años, voló con las aves de ese triste verano del  52, cuando tenía en las manos  la carta que marcó su vida. Presenció aquel rostro recién hecho y recordó los deliciosos tiempos de juventud en los que era vivo, verdaderamente vivo. En los que quería volar  y alcanzar el infinito.

Pensando en su esposa sintió el tropiezo de una gran señora con su antiguo bastón de madera, el que lo había acompañado en sus peores tiempos. La ancha mujer, fue recorrida de pies a cabeza por  un corrientazo instantáneo, sin embargo guardó sus ganas de gritar por respeto a los muchos años reflejados en la cara del hombre.  Moviendo sus caderas al compas de una música inexistente, ella, una ama de casa, madre de 5 niños (entregadísima a su hogar), no resistió las ganas de cantar que le causaban algunos recuerdos ya borrosos, de cuanto se sentía libre. Descuidadamente tiró una manzana roja al anden y como apostando con el destino, la dejó estar. 
El deformado circulo rojo llegó, después de un largo camino, hasta los pies de una hermosa joven que al sentir el extraño objeto sintió un punzo en el corazón. Sin embargo, caminó sobre sus pasos con aquel frescor que llevaba, con esa luz en los ojos. Decisiones, sabia lo que eran, y el soplido del canto de un pájaro le llegaba hasta los oídos felicitándola por la elección de su ultimo paso. El aire se sentía liviano, porque ahora llevaba a cuestas solo sus culpas, que no eran muchas. Sus sueños que la elevaban y una respuesta cortante en los labios para cualquier idiota que quisiera estropear su corazón.

Lo que ella no sabía, es que fue su frescura y desdén al andar lo que rediseño el cuadro del hombre de mi pintura. Le puso una sonrisa al azar en los ojos y cambió el día de cuatro personas más. 
 El hombre de mi pintura, mi hombre, una vez cascarrabias, ahora perdido en faldas que no le corresponden.

Una musaraña enamorado de una Da Vinci. 

Aleja Vidal Orjuela. 

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