miércoles, 5 de febrero de 2014

Las mujeres de mi generación

Las mujeres de mi generación, nacidas en 1993, somos algo complicado. Somos mujeres que a sus 20 años cuestionan cada movimiento social que les concierne. Mujeres que se paran en la raya de lo prohibido para divisar el paisaje y esperar el momento justo del pecado. Somos esas mujeres que saben vestir como damas, hablar como damas, sonreír como damas pero que con una mirada te pueden decir lo que no hallarás escrito en ningún libro de Sade. Las mujeres de mi generación somos algo estúpidas porque todavía arrastramos las bases neandertales de generaciones pasadas, pero muy inteligentes porque aprendimos a explorar y a llenarnos de dudas.

Somos mujeres que les gusta ser miradas por su belleza, pero les gusta ser admiradas por lo que sale de su boca. Nos gusta vernos intelectuales, demostrar que somos igual a ellos o un poco mejor, que tenemos la capacidad de hacer cualquier trabajo: “que no tengo la menor idea que es eso, pero hágale que suena interesante”. Las mujeres de mi generación se llaman entre si zorras, no putas ni lobas, Zorras (u otro adjetivo que se le parezca). Significando que conocen el juego, saben cómo jugar, que son astutas, que tienen a cada hombre donde quieren tenerlo y que pueden vivir sin apegarse a nadie. Porque hay muchos, porque para que enamorarse si te van a romper el corazón (la mayoría de los corazones de mi generación fueron rotos a los 15, 16 o 17 años).

Nosotras crecimos con Barbie, pero no le comimos el cuento de que tenía un solo marido, ni que el marido le era totalmente fiel. El único ken que teníamos se acostaba con todas, y nosotras conscientes de sus aventuras nos descubríamos confesandole a la Barbie-esposa de turno lo mal hombre que era aquel descarado (teníamos mínimo 7 años). Jugamos a la cocina pero nos repetíamos una y otra vez: “El hombre de mi vida tiene que cocinar para mi todos lo días, porque yo esto no me lo aguanto toda la vida, acaso soy mi mama”.
Jugamos a la casita y aprendimos que como ellos tenemos derecho a trabajar y sabes que: “Quédate con el niño que no tengo tiempo ahora, mi jefe me llamó y me necesita urgente, además mis amigas decidieron que hoy era noche de vino, nos vemos mañana.” Y hacíamos que nos íbamos de compras, que no íbamos libres, que a la casa no volvíamos, que allá te dejo.

Las mujeres de mi generación tenemos todas un gay o una lesbiana entre nuestros amigos porque es normal, porque a quien le importa, porque el amor es el mismo y quien quita que yo salga siendo lesbi algún día, quizás es que la mujer de mi vida no ha llegado, mientras tanto sigo aquí atrayendo hombres. Somos libres pensadoras, sin miedo a decir lo que no nos corresponde y a hacer de nuestra vida una historia hermosa e interesante. Pero, por ser esa generación de transición (entre generaciones que creen en la igualdad de género sin vivirlo y las generaciones que lo viven) nos tocó quedarnos con un trauma infantil que nos cago la existencia y lo peor, es que somos conscientes de ello.


Somos conscientes de que nuestras esperanzas  amorosas están idealizadas por figuras de Disney. Pero no por figuras como Frozen o incluso la versión de Rapunzel (que se asemeja a la de Shrek para los que no han tenido la oportunidad). Sino por figuras como blanca nieves, la cenicienta o la bella durmiente. Figuras que solo nacieron para ser rescatadas y allí radica el problema.
Las mujeres de mi generación sabemos que podemos vivir sin un hombre, sabemos que podemos triunfar sin necesidad de la aceptación social de alguna figura masculina. Sin embargo muy en el fondo, creemos en el príncipe azul, en la media naranja, en que el me pertenece y yo le pertenezco. Nosotras todavía creemos que tendremos el caballo, el castillo y el anillo (quizás la zapatilla también), todavía esperamos ser rescatadas de la soledad y pasar nuestros días de gloria riendo junto al amor de nuestra vida. Somos una farsa. Esperamos al hombre correcto. Y quien es el correcto? Y si es otro producto de mercado que nos han vendido? Como eso de entre más delgada, más bonita. O tenés que matarte usando tacones de punta porque “oh my god, las piernas no se te han visto mejor”. Y si esa mitad no existe? porque muchas lo han encontrado, y lo han dejado ir a los 15 años de matrimonio: “ya no era el, ahora es otro”. A diferencia de las nuevas generaciones, nosotras seguimos soñando con parejas que nos amen ciegamente,  que nos acepten egoístas y todo, que nos aguanten; sin tener en cuenta que al fin y al cabo el amor se construye y que eso es dando y recibiendo. Que si no recibes lo que das, déjalo ir. Y que si no das lo que recibes, te dejaran ir.

Y si, Disney nos cago el subconsciente (todo esto lo sabemos, pero no logramos dejarlo en el olvido, tirarlo a la basura). Esta es la batalla más grande que luchamos las mujeres de mi generación. Nosotras sabemos que no hay nada imposible, todo esta en nuestras manos. Que podemos llegar a ser lo que queramos, solo es cuestión de cerrar los ojos y trabajar. Y así, como no hay nada imposible, esperamos ganar la batalla contra estas ideas absurdas del príncipe azul y de un amor que nos saca de la soledad (Si no aprendes a estar contigo misma, nunca aprenderás a estar con nadie). 

Y mientras esperamos, somos mujeres que gritan su soltería a los cuatro vientos, para que la sociedad vea que somos  fuertes, que no dependemos de nadie. Mientras esperamos somos mujeres que disfrutan y experimentan teniendo sexo, solo por deleitarse con un orgasmo semanal o diario si es el caso; pero que seguimos deseando verdadero amor tipo Disney, de esos que duran para siempre, de esos que se dicen todo con una mirada, de esos que no podes respirar sin pensar en el, de esos que nacieron destinados a ser, de esos que no existen.  

Alejandra Vidal Orjuela. 



Basta Ya (I) Este lugar hermoso, el Purgatorio.[1]


“No hubo tiempo para la tristeza”

En la lectura de la situación nacional hay tres grupos poblacionales que siempre me han llamado mucho la atención ellos son: La mujer, las minorías indígenas y los grupos afrodescendientes. En esta oportunidad me remitiré al papel que juega la mujer en la República de Colombia y a las penurias que ha sufrido y sigue sufriendo desde tiempos inmemoriales.

La mujer en Colombia, lamentablemente, ha sido relegada a un segundo plano en la política, en la economía, en las artes y en muchas otras facetas, por fortuna nuestros oros olímpicos son femeninos. Ese rol que ha jugado el género femenino tiene connotaciones históricas, es incipiente el relato que nos cuentan desde niños sobre nuestras heroínas, no sé por cuál razón los libros de historia no realzan la labor de Manuela Beltrán o  de Antonia Santos,  no hay argumentos  o para que no se nos cuenten las hazañas de las valientes que nacieron en nuestra tierra solo por citar algunos ejemplos a María Cano, Gregoria Policarpa Salavarrieta o la “Cacica” Gaitana.

Lo que ellas hicieron pervive en los genes de miles de mujeres en el país que, con la misma valentía, se enfrentan a los desafíos que le plantea la sociedad nacional. Ellas tienen que enfrentarse en múltiples escenarios a extensas variables de negación de sus derechos, bien sea en el conflicto o en  las áreas por fuera del conflicto, en el ámbito laboral de las pequeñas empresas, en el alto gobierno, en la política e incluso en la familia, en la mismísima célula básica y fundamental  de la sociedad.

Escribir sobre la mujer en el conflicto es desmembrar los horrores que han padecido, hay 14 manifestaciones palpables de actos de guerra (tortura, desplazamiento forzoso, uso de minas anti personales, asesinatos selectivos, etc., ) en conjunto han cobrado 5.405.629 víctimas (en 2012) de ellas 2.683.335 eran mujeres, ello sin obviar las víctimas de violencia sexual que no han sido registradas y que en su mayoría pertenecen al género femenino o a las mujeres líderes de los procesos de restitución de tierras como Yolanda Izquierdo(asesinada)  o Carmen Palencia.

Ahora bien, la violencia de género no es solo una realidad del conflicto, por fuera de él hay cualquier cantidad de prácticas discriminatorias. Una de ellas, tan dolorosa como las de la guerra, es la violencia intrafamiliar que  tan solo el año pasado (hasta noviembre) habría cobrado  15. 640 mujeres  sin olvidar las 47.620 del año 2012 que habían sido ultrajadas  en sus hogares por sus maridos o en el peor de los casos por sus propios hijos.

Si es difícil que enfrenten su realidad en el conflicto y en el hogar, imaginen el hecho de pensar que pueden ser quemadas con ácido como ha venido sucediendo, o que no van a gozar de las mismas garantías laborales- en las mismas circunstancias-  que poseemos nosotros los hombres, pareciera, sin temor a exagerar, que el país quedo tan mal construido que a la mujer se le ofrece un lugar muy parecido al purgatorio.

Lo anterior fue apenas un leve y somero esbozo de lo que viven ellas en la cotidianidad, ahora al evaluar esferas más altas de la sociedad el resultado es tanto o menos alentador, en otras palabras, la violencia y la discriminación que sufren las mujeres en Colombia es un asunto que irradia todas las esferas sociales porqué como veremos ellas también son  excluidas en el ejercicio de la política, en la economía y en tantos otros aspectos.

En las elecciones parlamentarias del año 2010 resultaron elegidas congresistas  37 mujeres tan solo el 14% de las 267 curules que ofreció el Congreso, hacia 2006 la cifra fue de 28 y en el ejercicio electoral del presente año solo una mujer es cabeza de lista, Gloria Estella Díaz, los demás son personajes con recorrido en la política nacional que- “hablando de renovación”- decidieron ocupar los lugares privilegiados y reconocidos por los electores( Antonio Navarro, Horacio Serpa , Roberto Gerlein, Carlos Fernando Galán, Jorge Enrique Robledo, Jimmy Chamorro, AUV).

En el alto gobierno las cuotas femeninas- obligatorias de acuerdo a la ley 581 de 2000 que reglamenta la adecuada y efectiva participación de la mujer en los niveles decisorios de las ramas del poder público- han estado relegadas a los ministerios que menos figuración tienen en el ciudadano, tan solo la canciller y la ministra de transporte tienen carteras que les permitirían – eventualmente- ascender en sus carreras políticas, las demás han quedado relegadas al segundo plano.

Solo para cerrar, de los candidatos presidenciales proclamados 3 son mujeres y juntas tan solo sumarían el 15% de la intención tan solo aspirarían a pasar a segunda vuelta y serían derrotadas por el gobernante de turno.

¿Qué pasa con la mujer en Colombia? ¿Cuál va a ser el límite para que dejen de sufrir las múltiples manifestaciones de violencia que sufren? La reivindicación de los derechos de la mujer debe llegar ya, es inaudito que ciertos personajes aún les cuestionen el vestir y justifiquen lo injustificable por aquella razón, es inadmisible que el momento de mayor figuración femenina sea el reinado nacional de belleza.

Es tiempo de que el feminismo deje de ser una simple expresión retórica y se convierta en un movimiento similar al de la reivindicación de los derechos civiles y políticos de los afro en Estados Unidos, es tiempo de que en el país las mujeres y los hombres convivamos en pie de igualdad ello supone que las líderes del género femenino se armen del mismo valor que las heroínas de la independencia, saquen el mismo coraje de mis abuelas, de mi madre, de mi hermana y se ubiquen en el lugar que merecen, que ocupen los cargos más importantes del estado y de las empresas privadas, que dirijan el gobierno como lo han hecho Margaret Thatcher y Angela Merkel en sus países que dirijan la banca como Janet Yellen que brillen con luz propia y que iluminen al país que sigan el ejemplo de las que ya lo hacen como  Patricia Janiot, Liliana Caballero, Catalina Botero, Ayda Quilkue, Vivianne Morales, María Elvira Samper, Piedad Bonnet, Claudia Palacios, María Jimena Duzan, Mónica de Greiff y muchas otras que poco a poco han logrado su cometido, es tiempo de que la mujer colombiana se sacuda de la discriminación que le precede,  que el populismo deje de ser usado con fines electorales y que ellas compitan en condiciones reales de igualdad.

Mientras el género femenino siga en esa ingrata posición el país va a seguir pegado en el ostracismo, no basta el reconocimiento legal, no es suficiente la aceptación de unas cuantas cuotas, es menester que el ejercicio sea sin condiciones en todos los aspectos, que sean protegidas que se les permitan las mismas oportunidades, si ellas no son libres el país no es libre y la condena va a ser la continuación de todas nuestras miserias en este lugar hermoso que  debería denominarse  Purgatorio. Si bien se ha avanzado un poco aún falta y bastante.

*Estoy en deuda de escribir sobre las elecciones que se avecinan, por lo pronto solo puedo decir que es más de lo mismo, y que el cinismo de los políticos es proporcional a la enajenación mental de los y las ciudadanas colombianas. Sigan viendo realities insulsos para que sigamos siendo participes de la pobreza institucional que padecemos.

** La candidata Martha Lucía Ramírez representa lo poquito que queda del partido azul que casi acaba con el país, por favor déjenla igualar o superar el ridículo electoral que hizo el señor que llevaba las banderas del trapito rojo en las elecciones pasadas.
Oscar Eduardo Jiménez Mulato.



[1] Centro Nacional de Memoria Histórica, ¡Basta Ya! Colombia: memorias de guerra y dignidad.